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Horror y Fantasía: cuentos cortos #3





Thread creado por GABULLS el 02/01/2018 08:25:44 am. Lecturas: 838. Mensajes: 19. Favoritos: 0





02/01/2018 08:25:44 am 
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GABULLS


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Bueno, el 2018 ya está aquí. Veo que ya es 2 de Enero y no tengo idea de qué pasó con el primero (espero que ande bien). O sea que sí, ya está acá entre nosotros... 2018, qué bárbaro. ¿Estará en nosotros que sea bueno, o será esto algo ajeno a nuestra voluntad?
Tal vez un poco y un poco, ¿no? Como fuera: ¡vayamos por lo bueno!
Bienvenido, 2018!


Y, por supuesto: año nuevo, cuentos nuevos






LEMMINGS
Richard Matheson



—¿De dónde vienen? —preguntó Reordon.

—De todas partes —replicó Carmack.

Ambos hombres permanecían junto a la carretera de la costa, y, hasta donde alcanzaban sus miradas, no podían ver más que coches. Miles de automóviles se encontraban embotellados, costado contra costado y paragolpe contra paragolpe. La carretera formaba una sólida masa con ellos.

—Ahí vienen unos cuantos más —señaló Carmack.

Los dos policías miraron a la multitud que caminaba hacia la playa. Muchos charlaban y reían. Algunos permanecían silenciosos y serios. Pero todos iban hacia la playa.

—No lo comprendo —dijo Reordon, meneando la cabeza. En aquella semana debía de ser la centésima vez que hacía el mismo comentario—. No puedo comprenderlo.
Carmack se encogió de hombros.

—No pienses en ello. Ocurre. Eso es todo.

—¡Pero es una locura!

—Sí, pero ahí van —replicó Carmack.

Mientras los dos policías observaban, el gentío atravesó las grises arenas de la playa y comenzó a adentrarse en las aguas del mar. Algunos empezaron a nadar. La mayor parte no pudo, ya que sus ropas se lo impidieron. Carmack observó a una joven que luchaba con las olas y que se hundió al fin a causa de su abrigo de pieles.

Pocos minutos más tarde todos habían desaparecido. Los dos policías observaron el punto en que la gente se había metido en el agua.

—¿Durante cuánto tiempo seguirá esto? —preguntó Reordon.

—Hasta que todos se hayan ido, supongo —replicó Carmack.

—Pero…, ¿por qué?

—¿Nunca has leído nada acerca de los Lemmings?

—No.

—Son unos roedores que viven en los Países Escandinavos. Se multiplican incesantemente hasta que acaban con toda su reserva de comida. Entonces comienzan una migración a lo largo del territorio, arrasando cuanto se encuentran a su paso. Al llegar al océano, siguen su marcha. Nadan hasta agotar sus energías. Y son millones y millones.

—¿Y crees que eso es lo que ocurre ahora?

—Es posible —replicó Carmack.

—¡Las personas no son roedores! —gritó Reordon, airado.

Carmack no respondió. Permanecieron esperando al borde de la carretera, pero no llegó nadie más.

—¿Dónde están? —preguntó Reordon.

—Tal vez se hayan ido.

—¿Todos?

—Esto viene ocurriendo desde hace más de una semana. Es posible que la gente se haya dirigido al mar desde todas partes. Y también están los lagos. Reordon se estremeció.

Volvió a repetir:

—Todos…

—No lo sé pero hasta ahora no habían cesado de venir.

—¡Dios mío…! —murmuró Reordon.

Carmack sacó un cigarrillo y lo encendió.

—Bueno —dijo—. Y ahora, ¿qué?

Reordon suspiró:

—¿Nosotros?

—Ve tú primero —replicó Carmack—. Yo esperaré un poco, por si aparece alguien más.

—De acuerdo —Reordon extendió su mano—. Adiós, Carmack —dijo.

Los dos hombres cambiaron un apretón de manos.

—Adiós, Reordon —se despidió Carmack.

Y permaneció fumando su cigarrillo mientras observaba cómo su amigo cruzaba la gris arena de la playa y se metía en el agua hasta que ésta le cubrió la cabeza. Antes de desaparecer, Reordon nadó unas docenas de metros.

Tras unos momentos, Carmack apagó su cigarrillo y echó un vistazo a su alrededor.

Luego él también se metió en el agua.

A lo largo de la costa se alineaban un millón de coches vacíos.
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02/01/2018 08:30:51 am 
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GABULLS


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Lista completa de los cuentos que subimos entre todos

La camada (de Ramsey Campbell)
Donde crecen las piedras (de Lisa Tuttle)
El hombre que ahogaba cachorros (de Thomas Sullivan)
Popsy (de Stephen King)
El huésped (de Amparo Dávila)
La camada (de James Kisner)
La piedra negra (de Robert E. Howard)
El niño que regresó de entre los muertos (de Alan Rodgers)
La guadaña (de Ray Bradbury)
Nunca visites Maladonny (de Elsa Bornemann)
El Tesoro de los Belinos (de Lord Dusany)
Tienda de chatarra (de John Brosnan)
Sucedió en el subterráneo (de Harry Harrison)
Miedo de noche (de Robert Sheckley)
La pata de mono (de W. W. Jacobs)
Pesadilla en verde (de Fredric Brown)
Aprendan geometría! (de Fredric Brown)
Más allá se encuentra el wub (de Philip K. Dick)
Roog(de Philip K. Dick)
El último encantamiento (de Clark Ashton Smith)
Mascarada (de Henry Kuttner)


02/01/2018 12:33:20 pm 
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GABULLS


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nicus07 escribió:
Excelente relato breve. Me hizo recordar a las algunas imágenes perturbadoras de The Wall, de Parker, donde la gente como autómatas se dirigen hacia la picadora de carne sin inmutarse, como ciegos, ajenos a su propia voluntad, como respondiendo a una fuerza superior... muy bueno. Y si leemos la lista con el resumen de los relatos, perfectamente podría formar un compilado, de esos que están a la venta en librerías. Feliz año, GABULLS, Y AMIGOS DE SDX!.


Richard Matheson (1926-2013) fue un tremendo autor, uno de los renovadores de la literatura fantástica, pionero entre los contemporáneos, con muchos cuentos cortos y varias novelas, algunas llevadas al cine, como El hombre menguante, Soy leyenda y The box. Otras historias se hicieron episodios en la legendaria serie The Twilight Zone. Un groso mal.


Sobre el compilado creo que no se me pasó ninguno. Si ven alguno perdido me avisan así lo agrego.

Y sobre los buenos deseos: gracias, amigo. Y lo mismo para vos, que tengas un gran 2018!


02/01/2018 01:19:07 pm 
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xulinho


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Más que un cuento de terror, es un reflejo de la realidad.
Somos unos Lemmings, cuyo único sentido de vida está guiado por un mar de... (es increíble la cantidad de cosas que se puede poner en este paréntesis, así que queda a criterio de cada uno)... en que nos vamos hundiendo poco a poco, para finalmente encontrar la muerte.


02/01/2018 08:19:26 pm 
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ZerOMegA


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Muy, pero muy buena elección la de ´´Ubazakura´´, Nicus La obra de Lafcadio Hearn es increíble, uno de los pocos occidentales que fueron no sólo bienvenidos sino además reconocidos y muy apreciados por los japoneses, por su trabajo rescatando y republicando las antiguas historias de fantasmas (kaidan o kwaidan) del país. De él yo tengo ´´Kwaidan´´ y ´´El Romance de la Vía Láctea´´, heredados de mi abuelo. Me acuerdo que el primer relato de él que leí, y que resulta muy impresionante hasta el día de hoy, fue la Historia de Mimi-Nashi-Hoichi o La historia de Hoichi el desorejado, en una excelente antología de cuentos fantásticos editada por Acme Argentina (también propiedad de mi abuelo).
Ya que estoy, y aunque es un poco extensa, la dejo acá:

HISTORIA DE MIMI-NASHI-HOICHI
Lafcadio Hearn

Hace más de 700 años, en Dan-no-Ura, en las costas de Shimonoseki, se luchó la última batalla del largo conflicto entre los Heike, o clan Taira, y los Genji, o clan Minamoto. Ahí, los Heike perecieron completamente, junto a sus mujeres y niños, así como también el niño-emperador que los gobernaba -hoy recordado como Antoku Tenno. Ese mar y su costa han estado poseídos por sus fantasmas por 700 años... se cuenta la historia de unos raros cangrejos que viven ahí, llamados cangrejos Heike, que tienen rostros humanos en sus espaldas, y se dice que son los espíritus de los guerreros Heike. Además hay muchas cosas extrañas que se pueden ver y oír a lo largo de la costa. En las noches oscuras miles de fuegos fantasmales rondan cerca de la playa, o se ven sobre las olas -luces pálidas que los pescadores llaman Oni-bi, o fuegos-demonio y siempre que hay viento, el sonido de un gran aullido llega desde el mar, como el clamor de una batalla.

Antaño, los Heike eran mucho más notorios de los que son ahora. Se levantaban frente a los barcos que pasaban cerca intentando hacerlos naufragar, y siempre intentaban ahogar a los nadadores. Para apaciguar a estos muertos se construyó el templo budista de Amidaji en Akamagaseki. También se construyó un cementerio cercano a la playa, dentro del cual se colocaron monumentos inscritos con los nombres del emperador ahogado y sus vasallos, y regularmente se hacían rituales budistas ahí en nombre de los espíritus de los Heike. Después que se construyó el cementerio y se irguieron las tumbas, los Heike hicieron menos problemas aunque continuaban haciendo cosas extrañas de vez en cuando, demostrando que no habían encontrado la paz.

Hace algunos siglos vivía en Akamagaseki un hombre ciego llamado Hoichi, famoso por su habilidad en cantar y tocar la biwa. Desde su infancia había entrenado para recitar y tocar, superando a sus maestros siendo muy joven. Como cantante profesional de biwa, o biwa-hoshi, se hiso muy famoso principalmente por sus canciones y recitados que contaban la historia de los Heike y los Genji y se dice que cuando cantaba la canción de la batalla de Dan-no-Ura “incluso los duendes más feroces (kijin) no podían contener las lágrimas”.

Hacia el comienzo de su carrera Hoichi era muy pobre pero encontró un buen amigo que lo ayudó. El monje principal de Amidaji gustaba mucho de la poesía y de la música, y a menudo invitaba a Hoichi al templo, para tocar y recitar. Después, impresionado por la gran habilidad del joven, el monje propuso a Hoichi que viviera en el templo, y este aceptó agradecido. Hoichi recibió una habitación en el edificio del templo para pagar su comida y alojamiento se le pedía solamente que agradara a los monjes con sus canciones en ciertas tardes, mientras que en la mayoría del tiempo quedaba libre.

Una noche de verano el monje principal fue requerido de ausentarse del templo para realizar un servicio en la casa de un muerto, y se fue con sus ayudantes dejando a Hoichi solo en el templo. Era una noche calurosa, y el ciego buscó refrescarse en el balcón de su dormitorio. Este balcón enfrentaba un pequeño jardín en la parte trasera de Amidaji. Ahí, Hoichi esperaba el regreso de los monjes para aliviar su soledad practicaba con su biwa. Pasada la medianoche los monjes aun no volvían. La temperatura todavía era muy elevada para estar confortablemente en el interior, Hoichi seguía afuera. Finalmente escuchó pasos que se aproximaban. Alguien cruzó el jardín, llegó al balcón y se detuvo justo en frente de él -no era el monje. Una voz profunda dijo su nombre -de manera brusca y sin ceremonia, del modo en que un samurái se refiere a alguien de clase inferior.

“¡Hoichi!”.
“¡Hai!” respondió el ciego, asustado por la fiereza en la voz. “¡Soy ciego, no puedo saber quién llama!”.

“No hay nada que temer,” exclamó el extraño hablando ahora de manera más gentil: “Estoy de pasada cerca de este templo, y me han enviado para traerte un mensaje. Mi señor, una persona de muy alto rango, está ahora parando en Akamagaseki, junto a su corte de nobles. Él quería ver el lugar de la batalla de Dan-no-ura, hoy visitó el lugar. Al escuchar de tu habilidad en recitar la historia de la batalla, ahora desea escuchar tu interpretación: por esto, toma tu biwa y ven conmigo de inmediato al lugar donde te espera esta augusta asamblea”.

En aquellos tiempos las ordenes de un samurái no podían ser desobedecidas fácilmente. Hoichi se puso sus sandalias, tomó su biwa y siguió al extraño, quien lo guió como se guía a los ciegos, pero obligándolo a caminar muy rápido. La mano que lo guiaba era como el acero, y el sonido de los pasos del guerrero confirmaban que iba completamente armado, muy probablemente como un guardia de palacio en servicio. La primera impresión de alarma de Hoichi había pasado, empezó a imaginar que había tenido buena suerte, al recordar la aseveración del enviado cuando dijo: “una persona de muy alto rango” pensaba que el señor que quería escucharlo recitar no podía ser menos que algún daimyo de primera clase. Entonces el samurái se detuvo, Hoichi notó que estaban en frente de una gran puerta - se maravilló pues no podía recordar ninguna gran puerta de entrada en esa parte de la ciudad, excepto la puerta de Amidaji. “¡Kaimón!” llamó el samurái -entonces hubo un ruido de aperturas y se escuchó que se retiraba una barrera. Entraron a un sector con jardín, de nuevo se detuvieron frente a otra entrada y el guardia dijo en voz alta: “¡Allá dentro! Traigo a Hoichi.” Entonces se escucharon los sonidos de pasos apresurados, puertas corredizas deslizándose, cortinas subiéndose y voces de mujeres conversando. Por la manera de hablar Hoichi supo que eran sirvientas de alguna noble casa, pero no podía imaginar a qué lugar lo habían traído. Poco tiempo le quedó para conjeturas, pues, después que lo guiaron para subir algunos escalones de piedra, y cuando en el último le ordenaron dejar sus zapatos, ahora lo guió una mano femenina a lo largo de interminables corredores de madera pulida y encerada, luego entre grandes pilares redondos, tantos, que era imposible recordar, finalmente por innumerables habitaciones con suelo alfombrado, hasta llegar al medio de una gran estancia. Ahí, percibió a mucha gente reunida que le observaba, sintió los sonidos de numerosos vestidos de seda rozándose que sonaban como las hojas de los árboles en un bosque. Escuchó además un gran murmullo, voces que hablaban en diversos tonos cuya manera de hablar era de cortesanos.

Le dijeron que se pusiera cómodo, encontró un cojín para sus rodillas listo para el. Cuando tomó su lugar, afinó su instrumento y la voz de una mujer – que Hoichi adivinó sería la Rojo, o encargada de ceremonias del lugar- se dirigió a él diciendo:

“Ahora se requiere que se recite la historia de Heike acompañado por la biwa”.

El recital de la historia completa hubiera requerido varias noches, por lo que Hoichi aventuró una pregunta:

“Siendo la historia completa difícil de contar rápidamente, ¿qué parte de esta desearía esta noble concurrencia que sea recitada ahora?”.

La voz de la mujer respondió:

“Recita la historia de la batalla de Dan-no-ura, pues la conmiseración de esta es más profunda”.

Entonces Hoichi alzando la voz cantó el canto de la batalla en el mar amargo, -maravillosamente, haciendo que su biwa emitiera los sonidos de olas, de choques de barcos, el silbido de las flechas atravesando el aire, del impacto de estas en el blanco, los gritos, las agonías de los hombres, el choque del metal sobre cascos y armaduras, el hundimiento de los masacrados en el mar. A su izquierda y derecha, en las pausas de su interpretación, podía escuchar voces murmurando: “Qué artista más maravilloso” - “¡Nunca antes, en todo el imperio, ha habido un cantante como Hoichi!” Ante esto, con coraje renovado, cantó e interpretó mejor que nunca antes el murmullo de admiración silenciosa se hiso más profundo a su alrededor. Pero, cuando estaba llegando al final, para contar el destino de los desamparados -la muerte de mujeres y niños el salto hacia la muerte de Nii-no-Ama junto al niño-emperador en sus brazos- entonces, todos los asistentes emitieron un largo, largo y quejumbroso grito de angustia, luego de lo cual comenzaron a llorar, lamentándose de manera tan fuerte y salvaje que el ciego se asustó ante la violencia del pesar que había producido. Por largo tiempo el llanto y los estertores continuaron. Pero gradualmente los sonidos de las lamentaciones se fueron apagando nuevamente, en la gran quietud que siguió a esto, Hoichi escuchó la voz de la mujer que él suponía era la Rojo.

Dijo esta:

“A pesar que nos habían asegurado eras muy hábil con la biwa y sin igual en el arte de recitar, no sabíamos que alguien podía ser tan habilidoso como has demostrado serlo esta noche. Nuestro señor está satisfecho de decir que desea conferirte una recompensa a la altura de tus méritos. Pero desea que te presentes frente a él una vez cada noche durante las próximas seis noches -después de esto él seguramente emprenderá su noble viaje de regreso. Mañana por la noche, pues, debes venir aquí a la misma hora. El enviado que te condujo hasta aquí hoy irá a buscarte... pero hay otro asunto que se me ha ordenado informarte. Es necesario que no hables con nadie sobre tus visitas a esta corte durante el tiempo de estadía de nuestro noble señor en Akamagaseki, pues él se encuentra viajando de incógnito, se te ordena que no hagas mención de estas cosas... Ahora eres libre para regresar al templo”.

Luego que Hoicihi expresara torpemente su agradecimiento, una mano femenina lo condujo hasta la entrada de la casa, donde el mismo samurái que antes le había guiado, esperaba para llevarlo de vuelta a su hogar en el templo. El sirviente lo llevó hasta el balcón de su habitación en la parte de atrás del templo, luego se despidió.

Casi amanecía cuando Hoichi regresó, pero su ausencia no había sido notada pues los monjes habían regresado muy tarde y pensaron que estaba durmiendo. Durante el día Hoichi pudo descansar no dijo nada de su extraña aventura. En medio de la siguiente noche el samurái volvió a buscarlo, lo llevó ante la corte, donde dio otro recital con el mismo éxito que en su presentación anterior. Pero durante esta segunda visita su ausencia del templo fue descubierta. Cuando hubo regresado, fue llamado por la mañana a hablar con el monje principal, quien le dijo, en un tono de amable reproche:

“Estuvimos ansiosos por usted, amigo Hoichi. Salir solo, siendo ciego, a altas horas de la noche, es peligroso. ¿Por qué salió sin prevenirnos? Podría haber pedido a uno de mis asistentes que le acompañara. ¿Y dónde estuvo usted?

Hoichi respondió de manera evasiva:

“¡Perdóneme querido y generoso amigo! Tuve asuntos personales que atender no pude resolverlos a otra hora”.

El monje principal quedó sorprendido, más que dolido, por la reticencia de la respuesta de Hoichi: sintió que no era natural, sospechó que algo andaba mal. Temió que el ciego hubiera sido embrujado o engañado por algún espíritu malvado. No realizó más preguntas, pero de manera privada dio instrucciones a sus monjes ayudantes que vigilaran los movimientos de Hoichi, que lo siguieran en caso que volviera a abandonar el templo por la noche.

Esa misma noche, Hoichi fue visto abandonando el templo los monjes inmediatamente encendieron sus linternas y lo siguieron. Pero era una noche lluviosa, muy oscura antes que los hombres del templo pudieran llegar al camino, Hoichi había desaparecido. Evidentemente había caminado muy rápido, -cosa extraña considerando su ceguera, pues el camino estaba en malas condiciones. Los hombres se apresuraron, llegaron a las calles del pueblo, hicieron preguntas en cada casa que Hoichi visitaba de costumbre nadie pudo dar noticias de él. Finalmente, cuando regresaban al templo por la costa, fueron sorprendidos por el sonido de una biwa, tocada de manera furiosa, en el cementerio de Amidaji. Fuera de unos fuegos fantasmales -como los que habitualmente rondaban por ahí en las noches oscuras- todo era oscuridad en esa dirección. Pero los hombres inmediatamente se apresuraron al cementerio ahí, con la ayuda de sus linternas, descubrieron a Hoichi -sentado solo bajo la lluvia frente a la tumba en memoria de Antoku Tenno, haciendo resonar su biwa, cantando fuertemente el canto de la batalla de Dan-no-ura. A su espalda, sobre él y en todas las tumbas, los fuegos fantasmales de los muertos ardían como lámparas. Nunca jamás había aparecido una tal cantidad de Oni-bi ante los ojos de un mortal...

“¡Hoichi San! -¡Hoichi San!” -gritaron los monjes,- “¡Estás embrujado... Hoichi San!”.

Pero el ciego no veía ni escuchaba. Inagotable, hacía sonar y agitaba su biwa -más y más profundamente cantaba la canción de la batalla de Dan-no-ura. Lo cogieron le gritaron en el oído-.

“¡Hoichi San, Hoichi San, venga con nosotros inmediatamente!”.

Reprobándolos él les dijo:

“Interrumpirme de manera tan abrupta, frente a esta augusta y noble asamblea, no será tolerado”.

Ante esto, a pesar de lo extraño del asunto, los monjes no pudieron evitar las risas. Ahora era seguro que estaba embrujado, lo rodearon, levantándolo a la fuerza lo arrastraron rápidamente al templo, en donde inmediatamente le quitaron la ropa mojada. Entonces el monje principal insistió en escuchar una explicación completa del comportamiento de su amigo.

Hoichi dudo un largo momento antes de hablar, pero finalmente, dándose cuenta que su conducta había verdaderamente alarmado y enojado a los buenos monjes, decidió abandonar su reserva y relató todo lo que le había pasado desde la primera visita del samurái.

El monje principal le dijo entonces:

“Hoichi, pobre amigo mío, ahora estás en gran peligro. Que desgracia que no me hayas dicho todo esto antes. Tu maravillosa habilidad como músico te ha colocado en un extraño problema. Te darás cuenta ahora que no has estado visitando ninguna casa, sino que has pasado las noches en el cementerio, en las tumbas de los Heike fue frente a la tumba en memoria de Antoku Tenno que te encontramos esta noche, sentado bajo la lluvia. Todo lo que has imaginado es una ilusión -excepto la llamada de los muertos. Al obedecerlos una vez, te has puesto bajo su poder. Si los obedeces de nuevo, después de lo que ya ha ocurrido, estos te harán pedazos. Pero de todas maneras te hubieran destruido tarde o temprano... ahora, antes de irme, será necesario proteger tu cuerpo escribiendo en él los textos sagrados”.

Antes de la puesta de sol el monje con sus ayudantes desnudaron a Hoichi y entonces, con pinceles, le escribieron sobre cabeza, espalda, pecho, extremidades, cuello, cara, manos, pies -incluso en las plantas de sus pies-, el texto del Sutra del Corazón del Conocimiento Trascendente. Cuando esto estuvo hecho, el monje principal le dio estas instrucciones a Hoichi:

“Esta noche, apenas me vaya, debes sentarte en el balcón y esperar. Te llamarán. Pero, no importa qué pase, no respondas, no te muevas. No digas nada, permanece quieto, como en meditación. Si te mueves, o haces cualquier ruido, serás partido por la mitad. No te asustes, no pienses en pedir ayuda, pues ninguna ayuda te puede salvar. Si haces exactamente lo que te he dicho, el peligro pasará, y no tendrás nada más que temer”.

Luego que oscureciera, el monje y sus ayudantes se fueron Hoichi se sentó solo en el balcón, de acuerdo a las instrucciones. Dejó su biwa en el piso a su lado. Tomando actitud de meditación, permaneció muy quieto, con cuidado de no toser o respirar fuerte. Por horas permaneció así.

De pronto escuchó pasos aproximándose desde el camino, atravesar la puerta, cruzar el jardín, llegar al balcón y detenerse justo frente a él.

“¡Hoichi!” llamó la voz profunda. Pero el ciego conteniendo el aliento permaneció sentado sin moverse.

“¡Hoichi!” amenazante llamó la voz por segunda vez. Luego, una tercera vez, de manera salvaje: “¡Hoichi!”.

Hoichi permaneció tan quieto como una piedra, la voz gruñó:

“¡Sin respuesta!- ¡esto no es admisible!... debo saber dónde está”...

Hubo un sonido de algo pesado subiendo al balcón, los pies se aproximaron deliberadamente, se detuvieron a su lado. Luego, por largos minutos,- durante los cuales Hoichi sintió cómo todo su cuerpo temblaba por el latido acelerado de su corazón, -hubo un silencio mortal.

Finalmente, la enojada voz murmuró a su lado:

“Aquí está la biwa: pero del músico sólo veo: ¡Las orejas!”... esto explica por qué no responde: no tiene boca para responder. Sólo quedan de él las orejas... ahora llevaré estas orejas a mi señor – en prueba de que he cumplido su noble orden, tanto como fue posible”...

En ese instante Hoichi sintió que le tomaban las orejas con dedos de acero y... ¡se las arrancaban! A pesar del gran dolor, Hoichi no emitió ningún sonido. Los pesados pasos retrocedieron hasta la baranda del balcón, descendieron al jardín, pasaron por el camino, cesaron. De cada uno de los lados de su cara el hombre ciego sentía un líquido tibio cayendo, pero no se atrevía a mover sus manos.

Antes del amanecer volvieron los monjes. Se apresuraron inmediatamente hacia el balcón trasero, al entrar resbalaron en algo pegajoso, y dieron gritos de horror pues vieron con sus linternas que el líquido pegajoso era sangre. Entonces notaron a Hoichi en meditación, con sangre que todavía le manaba de ahí donde habían estado sus orejas.

“Pobre Hoichi, mi pobre Hoichi” - gritó el monje principal, - “¿Qué significa esto?... ¿Cómo te han herido?”.

Ante el sonido de la voz de su amigo, el ciego se sintió a salvo, rompió a llorar, y entre lágrimas contó su aventura de la noche.

“Pobre, pobre Hoichi” -exclamó el monje- “todo es mi culpa, mi grave error... en todas partes de tu cuerpo escribimos los textos sagrados, excepto en tus orejas... confié en uno de mis ayudantes para hacer esa parte del trabajo fue muy errado de mi parte no asegurarme de que el trabajo estuviera terminado. Bueno, esto ya no se puede solucionar, ahora sólo podemos intentar sanar tus heridas lo más pronto posible. Alégrate, amigo, el peligro a terminado. Nunca más te molestaran esos visitantes”.

Con ayuda de un buen doctor, Hoichi pronto se recuperó de sus heridas. Las historias de sus extrañas aventuras se extendieron lejos y ampliamente, pronto se volvió famoso. Muchos nobles viajaron hasta Akamagaseki para escucharlo recitar, le fueron dados grandes regalos de dinero, con lo que se volvió un hombre rico... pero desde estas aventuras que le sucedieron se le conoció como “Mimi-nashi-Hoshi”, “Hoshi (cantante-músico) sin orejas”.


02/01/2018 08:28:18 pm 
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GABULLS


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Maravilloso, muchachos! Maravilloso! No veo la hora de hacerme de un rato de paz para abordar esos cuentos.


02/01/2018 08:41:53 pm 
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carancho67


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Estimados, se darán cuenta que soy fan de Fredric Brown... Acá va otro de este genial yanqui.
Que lo disfruten...


SANGRE
FREDRIC BROWN
En su máquina del tiempo, Vron y Dreena, los dos últimos sobrevivientes de la raza de los vampiros,
huyeron hacia el futuro para escapar de la aniquilación. Se estrechaban fuertemente las manos y se
prodigaban mutuas palabras de consuelo, tan grandes eran su terror y su hambre.
En el siglo XXII la Humanidad los había descubierto, averiguando que la leyenda de los vampiros que
vivían en secreto entre los seres humanos no era una leyenda sino una realidad. Hubo una matanza en la
que perecieron todos los vampiros pero aquellos dos, que ya habían estado trabajando en una máquina del
tiempo y que consiguieron terminarla a punto, pudieron huir con ella. Hacia el futuro, a un futuro tan lejano
que el término vampiro hubiese caído en el olvido, con el resultado que ellos podrían pasar de nuevo
inadvertidos... y con su simiente hacer surgir una nueva raza.
—Tengo hambre, Vron. Un hambre terrible.
—Yo también, mi querida Dreena. Pronto volveremos a parar.
Ya se habían detenido cuatro veces y en cada una de ellas salvaron la vida por los pelos. Los seres que
vivían en el planeta no les habían olvidado. La última parada, medio billón de años atrás, les había mostrado
un mundo gobernado por los perros... un mundo de perros, al pie de la letra: los seres humanos se habían
extinguido y los perros se habían civilizado, ocupando el lugar del hombre. Sin embargo, les reconocieron y
supieron lo que eran. Pudieron alimentarse sólo una vez con la sangre de una tierna perrita, pero los canes
los persiguieron hasta su máquina del tiempo y tuvieron que emprender nuevamente la huida.
—Te agradezco que hayas parado —dijo Dreena, suspirando.
—No tienes por que agradecérmelo —observó Vron, ceñudo—. Hemos llegado al fin del trayecto. Se
nos ha terminado el combustible y aquí no encontraremos... a la sazón todos los compuestos radiactivos
deben de haberse convertido ya en plomo. Viviremos aquí... o moriremos.
Salieron a explorar.
—Mira —dijo Dreena con voz excitada, señalando a algo que caminaba hacia ellos—. ¡Una nueva
criatura! Los perros han desaparecido y algo los sustituye. Estoy segura que ya nos han olvidado.
El ser que se aproximaba era telépata.
—He escuchado vuestros pensamientos —dijo una voz dentro de sus cerebros—. Os preguntáis si
nosotros conocemos a los vampiros, sean estos lo que sean. Pues, no, no los conocemos.
—¡Es la libertad! —murmuró ávidamente Dreena—. ¡Y comida!
—También os preguntáis —continuó la voz— acerca de mi origen y evolución. Actualmente, toda la
vida en el planeta es vegetal. Yo... —les hizo una reverencia— yo, miembro de la raza dominante, era
antaño lo que vosotros llamabais un nabo.
F I N


03/01/2018 07:06:16 am 
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03/01/2018 09:22:50 am 
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GABULLS


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nicus07 escribió:
Paso a dejar este cuento, muy al estilo Poe, del gran escritor vasco, Pío Baroja. Su estilo es melancólico y muy colorido. Por momentos me recuerda a Arlt, por momentos a Poe. Este cuento me parece apropiado para este thread, por su brevedad y por la temática. Espero que les guste.

Exquisito. Un poeta, Baroja, describiendo posiciones y emociones, enorme en la redacción, un maestro.


03/01/2018 04:39:25 pm 
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GABULLS


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Lafcadio Hearn, dando a conocer en occidente las historias del folclore japonés, con sus características tragedias y sus espectros malignos, tal vez haya sido uno de los primeros ``otaku´´. Su estilo, tan directo -como dijo Nicus- me resulta demasiado técnico, poco apasionado, pero el peso de las historias conmueve por sí mismo. Muy interesante! Mucho!
Se agradece, muchachos


03/01/2018 11:30:49 pm 
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ZerOMegA


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Bueno, acá dejo uno de un francés más conocido por sus Cuentos Crueles, pero que también se dedicó al género de terror fantástico.

VERA
Villiers de L’Isle Adam

A la señora condesa d’Osmoy:
“La forma del cuerpo le es más
esencial que su propia sustancia.”

La fisiología moderna



El amor es más fuerte que la muerte, ha dicho Salomón: su misterioso poder no tiene límites.

Concluía una tarde otoñal en París. Cerca del sombrío barrio de Saint–Germain, algunos carruajes, ya alumbrados, rodaban retrasados después de concluido el horario de cierre del bosque. Uno de ellos se detuvo delante del portalón de una gran casa señorial, rodeada de jardines antiguos. Encima del arco destacaba un escudo de piedra con las armas de la vieja familia de los condes D’Athol: una estrella de plata sobre fondo de azur, con la divisa Pallida Victrix bajo la corona principesca forrada de armiño. Las pesadas hojas de la puerta se abrieron. Un hombre de treinta y cinco años, enlutado, con el rostro mortalmente pálido, descendió. En la escalinata, los sirvientes taciturnos tenían alzadas las antorchas. Sin mirarles, él subió los peldaños y entró. Era el conde D’Athol.

Vacilante, ascendió las blancas escaleras que conducían a aquella habitación donde, en la misma mañana, había acostado en un féretro de terciopelo, cubierto de violetas, entre lienzos de batista, a su amor voluptuoso y desesperado, a su pálida esposa, Vera.

En lo alto, la puerta giró suavemente sobre la alfombra. Él levantó las cortinas.

Todos los objetos permanecían en el mismo lugar en donde la condesa los había dejado la víspera. La muerte, súbita, la había fulminado. La noche anterior, su bien amada se desvaneció entre placeres tan profundos, se perdió en tan exquisitos abrazos, que su corazón, quebrado por tantas delicias sensuales, había desfallecido. Sus labios se mojaron bruscamente con un rojo mortal. Apenas tuvo tiempo de darle a su esposo un beso de adiós, sonriendo, sin pronunciar una sola palabra. Luego, sus largas pestañas, como cendales de luto, se cerraron para siempre.

Aquella jornada sin nombre ya había transcurrido.

Hacia el mediodía, después de la espantosa ceremonia en el panteón familiar, el conde D’Athol despidió a la fúnebre escolta. Después solo, encerrose con la muerta, entre los cuatro muros de mármol, y cerró la puerta de hierro del mausoleo. El incienso se quemaba en un trípode, frente al ataúd. Una corona luminosa de lámparas, en la cabecera de la joven difunta, la aureolaba como estrellas.

Él, en pie, ensimismado, con el solo sentimiento de una ternura sin esperanza, se había quedado allí durante todo el día. Alrededor de las seis, en el crepúsculo, salió del lugar sagrado. Al cerrar el sepulcro, quitó la llave de plata de la cerradura y, empinándose en el último peldaño de la escalinata, la arrojó al interior del panteón. Cayeron sobre las losas interiores a través del trébol que adornaba la parte superior del portal. ¿Por qué todo esto…? Con certeza obedecía a la secreta decisión de no volver allí nunca más.

Y ahora, él revisó la solitaria habitación.

La ventana, detrás de los amplios cortinajes de cachemira malva, recamados en oro, estaba abierta. Un último y pálido rayo de luz del atardecer iluminaba un cuadro envejecido de madera. Era el retrato de la muerta. El conde miró a su alrededor. La ropa estaba tirada sobre un sillón, como la víspera. sobre la chimenea estaban las joyas, el collar de perlas, el abanico a medio cerrar, y los pesados frascos de perfume que su amada no aspiraría nunca más. Sobre el techo deshecho, construido de ébano, con columnas retorcidas, junto a la almohada, en el lugar donde la cabeza adorada había dejado su huella, en medio de los encajes, vio el pañuelo enrojecido, por gotas de su sangre cuando su joven alma aleteó un instante. El piano permanecía abierto, a la espera de una melodía inconclusa. Las flores de indiana, recogidas por ella en el invernadero, se marchitaban dentro del vaso de Sajonia. A los pies del lecho, sobre una piel negra, estaban las pequeñas chinelas orientales, de terciopelo, sobre las que un emblema gracioso resaltaba bordado en perlas: Quien ve a Vera la ama. Los pies desnudos de la bien amada jugaban aún la mañana del día anterior, moviendo a cada paso el edredón de plumas de cisne. Y allá, en la sombra, estaba el reloj de péndulo al que él había roto el resorte para que no sonasen más las horas.

Así, pues, ella había partido… ¿Adónde? Vivir ahora, ¿para hacer qué? Era imposible, absurdo…

Y el conde se abismó en aquellos pensamientos extraños y sobrecogedores, rememorando toda la existencia pasada.

Seis meses habían transcurrido desde su matrimonio. ¿No fue en el extranjero, en el baile de una embajada, donde la vio por primera vez…? Sí, ese instante se recreaba ante sus ojos, pero de forma muy distinta. Ella se le apareció allí, radiante, deslumbrante. Aquella tarde sus miradas se habían encontrado. Ellos se habían reconocido íntimamente, sabiéndose de naturaleza igual, y en adelante se amaron para siempre.

Los propósitos engañosos, las sonrisas que observaban, las insinuaciones, todas las dificultades y problemas que opone el mundo para retrasar la inevitable felicidad de aquellos que se pertenecen, se desvanecía ante la certeza que ellos tuvieron, en aquel fugaz instante, de saberse el uno para el otro.

Vera, cansada de la insípida ceremoniosidad, de las personas de su entorno, había ido hacia él desde el primer instante, dejando de lado las banalidades donde se pierde el tiempo precioso de la vida.

¡Oh! Cómo, a las primeras palabras, las tontas ideas de quienes les eran indiferentes, les parecían como el vuelo de los pájaros nocturnos adentrándose en la oscuridad. ¡Qué sonrisas intercambiaban y qué inefables abrazos!

Sin embargo, su naturaleza era de lo más extraña. Eran dos seres dotados de sentidos maravillosos, pero exclusivamente terrestres. Las sensaciones se prolongaban en ellos con una intensidad inquietante, tanto es así que se olvidaban de sí mismos a fuerza de experimentarlas. Y por el contrario, ciertas ideas, aquellas del alma, por ejemplo, del Infinito, de Dios mismo, estaban como veladas a su entendimiento. La fe de la mayoría de las personas en las cosas sobrenaturales no era para ellos más que algo sorprendente y extraño, una cuestión de la cual no se preocupaban, no considerándose con capacidad para criticar o aprobar.

En razón de eso, puesto que reconocían que el mundo les era extraño, se habían aislado, inmediatamente después de haberse unido, en esa vieja y sombría mansión, donde la extensión de los jardines alejaba los ruidos del exterior.

Allí, ambos amantes se sumergieron en ese océano de alegrías lánguidas y perversas donde el espíritu se mezcla con los misterios de la carne. Ellos agotaron las violencias de los deseos, los estremecimientos de la ternura más apasionada, y se convirtieron en el palpitante latido de ser el uno del otro. En ellos, el espíritu se adentraba tan bien en el cuerpo que sus formas parecían compenetrarse, y los besos ardientes les encadenaban en una fusión ideal. ¡Prolongado deslumbramiento! La muerte había destruido el encanto. El terrible accidente los desunía, y sus brazos se desenlazaban. ¿Qué sombra había atrapado a su querida muerta? ¡Muerta no! ¿Es que el alma de los violoncelos puede ser arrastrada con el gemido de una cuerda que se quiebra?

Transcurrieron las horas.

A través de la ventana, él contemplaba cómo la noche se insinuaba en los cielos. Y la noche se le apareció como algo personal. Tuvo la impresión de que era una reina marchando con melancolía en el exilio, y el broche de diamantes de su túnica de luto, Venus, sola, brillaba por encima de los árboles, perdida en el fondo oscuro.

–Es Vera –pensó él.

Al pronunciar en voz muy baja su nombre se estremeció como un hombre que despierta. Después, enderezándose, miró en torno suyo.

En la habitación, los objetos estaban iluminados ahora por una luz tenue, hasta entonces imprecisa, la de una lamparilla que azulaba las tinieblas, y que la noche, ya alzada en el cielo, hacía aparecer como si fuese otra estrella. Era esa lamparilla, con perfumes de incienso, un icono, relicario de la familia de Vera. El relicario, de una madera preciosa y vieja, colgaba de una cuerda de esparto ruso entre el espejo y el cuadro. Un reflejo de los dorados del interior caía sobre el collar encima de la chimenea.

La compacta aureola de la Madona brillaba con hálito de cielo la cruz bizantina con finos y rojos alineamientos, fundidos en el reflejo, sombreaban con un tinte de sangre las perlas encendidas. Desde la infancia, Vera admiraba, con sus grandes ojos, el rostro puro y maternal de la Madona hereditaria. Pero su naturaleza, por desdicha, no podía consagrarle más que un supersticioso amor, ofrecido a veces, ingenua y pensativamente, cuando pasaba por delante de la lámpara.

Al verla, el conde, herido de recuerdos dolorosos hasta lo más recóndito de su alma, se enderezó y sopló en la luz santa, para luego, a tientas, extendiendo la mano hacia un cordón, hacerlo sonar.

Apareció un sirviente. Era un anciano vestido de negro. Llevaba un candelabro que colocó delante del retrato de la condesa. Cuando se volvió, el hombre sintió un escalofrío de terror supersticioso al ver a su amo de pie y tan sonriente como si nada hubiera sucedido.

–Raymond –dijo tranquilamente el conde–, esta tarde, la condesa y yo nos sentimos abrumados de cansancio. Servirás la cena hacia las diez de la noche. Y a propósito, hemos resuelto aislarnos aquí durante algún tiempo. Desde mañana, ninguno de mis sirvientes, excepto tú, debe pasar la noche en la casa. Les entregarás el sueldo de tres años y les dirás que se vayan. Atrancarás después el portal, encenderás los candelabros de abajo, en el comedor. Tú nos bastarás puesto que en lo sucesivo no recibiremos a nadie.

El mayordomo temblaba y le miraba con atención.

El conde encendió un cigarro y descendió a los jardines.

El sirviente pensó primeramente que el dolor, demasiado agudo y desesperado, había perturbado el espíritu de su amo. Él le conocía desde la infancia y comprendió al instante que el choque de un despertar demasiado súbito podía serle fatal a ese sonámbulo. Su primer deber consistía en respetar aquel secreto.

Inclinó la cabeza. ¿Una abnegada complicidad a ese sueño religioso? ¿Obedecer…? ¿Continuar sirviéndoles sin tener en cuenta a la muerte? ¡Qué idea tan extraña! ¿Podría además sostenerse por más tiempo que una noche? Mañana, mañana… ¡Ay! Pero, ¿quién sabe…? ¡Quizá! Después de todo era un proyecto sagrado… ¿Con qué derecho reflexionar sobre ello?

Salió del cuarto. Ejecutó las órdenes al pie de la letra y aquella misma tarde comenzó la insólita experiencia.

Se trataba de crear un terrible espejismo.

El embarazo de los primeros días se borró súbitamente.

Al principio con estupor, pero luego por una especie de deferente ternura, Raymond se las ingenió tan bien para parecer natural que aún no habían transcurrido tres semanas cuando por momentos él mismo se sentía engañado por su buena voluntad. No había lugar para segundas interpretaciones. A veces, experimentando una especie de vértigo, tenía la necesidad de decirse a sí mismo que la condesa estaba realmente muerta. Se dejó arrastrar a ese juego fúnebre olvidándose a cada instante de la realidad. Y muy pronto tuvo necesidad en más de una ocasión de reflexionar para convencerse y rehacerse. Comprendió pronto que de seguir así no tardaría en abandonarse por completo al espantoso magnetismo a través del cual el conde iba impregnando paulatinamente la atmósfera que les rodeaba. Tenía miedo, un miedo indeciso, suave…

D’Athol, en efecto, vivía sumido en la inconsciencia de la muerte de su bien amada. No podía más que tenerla siempre presente, a tal punto la memoria viva de la joven dama estaba mezclada con la suya. En ocasiones se sentaba en un banco del jardín, los días de sol, leyendo en voz alta las poesías que ella prefería, o bien, en la tarde, delante del fuego, las dos tazas de té sobre una mesita, conversaba con la Ilusión sonriente, sentada, a sus ojos, en el otro sillón.

Las noches, los días, las semanas, transcurrieron en un soplo. Ni el uno ni el otro sabían lo que estaban haciendo. Y se producían unos fenómenos singulares que hacían que resultase cada vez más difícil distinguir cuándo lo imaginario y lo real se hacían idénticos. Una presencia flotaba en el aire: una forma se esforzaba por manifestarse, por hacerse ver, plasmándose en el espacio indefinible. D’Athol vivía doblemente iluminado. Un semblante suave y pálido, entrevisto como un relámpago, en un abrir y cerrar de ojos un débil acorde que hería de repente el piano un beso que le cerraba la boca en el momento en que se disponía a hablar, pensamientosfemeninos que aparecían en él como respuesta a lo que decía, un desdoblamiento de sí mismo que le llevaba a percibir como en una niebla fluida, el perfume vertiginosamente dulce de su bien amada muy próximo a él. Y por la noche, entre la vigilia y el sueño, las palabras oídas muy quedas le conmovían. ¡Era una negación de la muerte elevada, por fin, a un poder desconocido! Una vez, D’Athol la vio y sintió tan cerca de él que la tomó en sus brazos, pero ese movimiento hizo que desapareciera.

–¡Chiquilla! –murmuró él, sonriente.

Y se adormecía como un amante ofendido por su amada risueña y adormilada.

El día de su cumpleaños colocó, como una broma, una flor de siemprevivas en el ramillete que depositó encima de la almohada de Vera.

–Puesto que ella se cree muerta… –murmuró él.

Gracias a la profunda y todopoderosa voluntad del señor D’Athol que, a fuerza de amor, forjaba la vida y la presencia de su mujer en la solitaria mansión, esta existencia había acabado por llegar a ser de un encanto sombrío y seductor. El mismo Raymond ya no experimentaba temor y se acostumbraba a todas aquellas circunstancias. Un vestido de terciopelo negro entrevisto al girar un corredor, una voz risueña que le llamaba en el salón el sonido de la campanilla despertándole por la mañana, como antes, todo esto llegaba a hacérsele familiar. Se hubiera dicho que la muerta jugaba en lo invisible, como una chiquilla. ¡Se sentía amada de tal modo que resultaba todo de lo más natural!

Había transcurrido un año.

En la tarde del aniversario, sentado junto al fuego en la habitación de Vera, el conde terminaba de leerle un cuento florentino, Callimaque, cuando, cerrando el libro y sirviéndose el té, dijo:

–Douschka, ¿te acuerdas del Valle de las Rosas, en las orillas del Lahn, del castillo de Cuatro Torres…? Estas historias te lo han recordado, ¿no es verdad?

Se levantó y en el espejo azulado se vio más pálido que de ordinario. Introdujo un brazalete de perlas en una copa y miró atentamente las perlas. Las perlas conservaban todavía su tibieza y su oriente se veía muy suave, influido por el calor de su carne. Y el ópalo de aquel collar siberiano, que amaba también el bello seno de Vera, solía palidecer enfermizamente en su engarce de oro, cuando la joven dama lo olvidaba durante algún tiempo. Por ello la condesa había apreciado tanto aquella piedra fiel. Esta tarde el ópalo brillaba como si acabara de quitárselo y como si el exquisito magnetismo de la hermosa muerta aún lo penetrase. Dejando a un lado el collar y las piedras preciosas, el conde tocó por casualidad el pañuelo de batista en el que las gotas de sangre aparecían todavía húmedas y rojas como claveles sobre la nieve. Allá, sobre el piano, ¿quién había vuelto la página final de la melodía de otros tiempos? ¿Es que la sagrada lamparilla se había vuelto a encender en el relicario…? Sí, su llama dorada iluminaba místicamente el semblante de ojos cerrados de la Madona. Y esas flores orientales, nuevamente recogidas, que se abrían en los vasos de Sajonia, ¿qué mano acababa de colocarlas? La habitación parecía alegre y dotada de vida, de una manera más significativa e intensa que de costumbre. Pero ya nada podía sorprender al conde. Todo esto le parecía tan normal que ni siquiera se dio cuenta de que la hora sonaba en aquel reloj de péndulo, parado desde hacía un año.

Sin embargo, esa tarde se había dicho que, desde el fondo de las tinieblas, la condesa Vera se esforzaba por volver a aquella habitación, impregnada de ella por completo. ¡Había dejado allí tanto de sí misma! Todo cuanto había constituido su existencia le atraía. Su hechizo flotaba en el ambiente. La desesperada llamada y la apasionada voluntad de su esposo debían haber desatado las ligaduras de lo invisible en su derredor. Su presencia era reclamada y todo lo que ella amaba estaba allí.

Ella debía desear volver a sonreír aún en aquel espejo misterioso en el que admiró su rostro. La dulce muerta, allá, se había estremecido ciertamente entre sus violetas, bajo las lámparas apagadas. La divina muerta había temblado en la tumba, completamente sola, mirando la llave de plata arrojada sobre las losas. ¡Ella también deseaba volver con él! Y su voluntad se perdía en las fantasías, el incienso y el aislamiento, porque la muerte no es más que una circunstancia definitiva para quienes esperan el cielo pero la muerte y los cielos, y la vida, ¿es que no eran para ella algo más que su abrazo? El beso solitario de su esposo debía atraer sus labios en la penumbra. Y el sonido de melodías, las embriagadoras palabras de antaño, los vestidos que cubrían su cuerpo y conservaban aún su perfume, las mágicas pedrerías que la amaban en su oscura simpatía, la inmensa y absoluta necesidad de su presencia, ansia compartida finalmente por las mismas cosas, tan insensiblemente que, curada al fin de la adormecedora muerte, ya no le faltaba más que regresar. ¡REGRESAR!

¡Ah! ¡La ideas son iguales que seres vivos…! El conde había esculpido en el aire la forma de su amor y era preciso que aquel vacío fuese colmado por el único ser que era su igual o de otro modo el universo se hundiría. En ese momento la impresión se concretó en una idea definitiva, simple, absoluta: ¡Ella debía estar allí, en la habitación! Él estaba tan seguro de eso como de su propia existencia y todas las cosas a su alrededor estaban saturadas de la misma convicción. Eso era algo patente. Y como no faltaba más que la misma Vera, tangible, exterior, era preciso que ella se encontrase allí y que el gran sueño de la vida y de la muerte entreabriese por un momento sus puertas infinitas. El camino de resurrección estaba abierto por la fe hacia ella. Un fresco estallido de risa iluminó con su alegría el lecho nupcial. El conde se volvió, y allí, delante de sus ojos, hecha de voluntad y de recuerdos, apoyada sobre la almohada de encajes, sosteniendo con sus manos los largos cabellos, deliciosamente abierta su boca en una sonrisa paradisíaca y plena de voluptuosidad, bella hasta morir, al fin ella, la condesa Vera le estaba contemplando, un poco adormecida aún.

–¡Roger…! –exclamó con voz lejana.

Él se le acercó. Sus labios se unieron en una alegría divina, extasiada, inmortal.

Y entonces se dieron cuenta de que ellos no formaban más que un solo ser.

Las horas volaron en un viaje extraño, un éxtasis en el que se mezclaban, por primera vez, la tierra y el cielo.

De repente, el conde D’Athol se estremeció como golpeado por una fatal reminiscencia.

–¡Ah! Ahora recuerdo… ¿Qué es lo que me sucede…? ¡Pero si tú estás muerta!

En ese mismo instante, al oírse estas palabras, la mística lamparilla del icono se extinguió. El pálido amanecer de una mañana insignificante, gris y lluviosa, se filtró en la habitación por los intersticios de las cortinas. Las velas vacilaron y se apagaron, dejando humear acremente sus mechas rojizas. El fuego desapareció bajo una capa de tibias cenizas. Las flores se marchitaron y secaron en un instante. El balanceo del péndulo fue recobrando paulatinamente su anterior inmovilidad. La certeza de todos los objetos se esfumó de golpe. El ópalo, muerto ya, no brillaba más. Las manchas de sangre se habían secado también, sobre la batista. Y esfumándose entre los brazos desesperados, que en vano querían retenerla, la ardiente y blanca visión entró en el aire y se perdió. El conde se puso en pie. Acababa de darse cuenta de que estaba solo. Su maravilloso sueño acababa de disiparse en un momento. Había roto el hilo magnético de su trama radiante con una sola palabra. La atmósfera que reinaba allí era ya la de los difuntos.

Como esas lágrimas de cristal, ensambladas ilógicamente pero tan sólidas que un solo golpe de martillo, asestado en su parte más gruesa, no llegaría a romperlas, pero que caen en súbito e impalpable polvo si se rompe la extremidad más fina que la punta de una aguja, todo se había desvanecido.

–¡Oh! –gimió él–. ¡Todo ha terminado! ¡La he perdido…! ¡Otra vez vuelve a estar sola…! ¿Cuál es ahora la ruta para llegar hasta ti..? ¡Indícame el camino que puede conducirme hasta ti!

De pronto, como una respuesta, un objeto brillante cayó del lecho nupcial sobre la negra piel con un ruido metálico. Un rayo del tétrico día lo iluminó… El abandonado se inclinó. Lo cogió y una sonrisa sublime iluminó su rostro al reconocer aquel objeto. ¡Era la llave de la tumba!


07/01/2018 08:28:54 pm 
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ZerOMegA


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Bueno, hoy voy a dejar algo que no sé si clasificar de microcuento fantástico o qué. Es de Marcial Souto, que en una época dirigió la revista Péndulo e hizo muchas traducciones para la editorial Minotauro.

PARA BAJAR A UN POZO DE ESTRELLAS
Marcial Souto

Elementos necesarios:
Un espejo, un sitio descubierto (puede ser una azotea), una noche oscura y estrellada.

Instrucciones:

1. Se toma el espejo y se sube a la azotea.

2. Se pone el espejo boca arriba.

3. Se tiende uno al lado del espejo.

4. Se acerca la cabeza al espejo, pero no demasiado: sólo lo suficiente para ver las estrellas allá al fondo.

5. Se mira con atención la más cercana, hasta poder calcular con exactitud a qué distancia está, luego se cierran los ojos.

6. Se lleva despacio un pie hacia la estrella: después de tocarla hay que asegurarse de que se ha asentado bien el pie.

7. Asiéndose con una mano del borde del pozo, se busca con el otro pie una nueva estrella, y se la pisa con firmeza.

8. Se busca con la mano libre otra estrella, y se la encierra con la palma.

9. Se suelta entonces la boca del pozo y se busca con la otra mano una estrella más. Al encontrarla y sujetarla, se mueve el pie que había pisado la primera. Así, descolgándose de estrella en estrella, se continúa hasta llegar al fondo del pozo.

10. Para salir del pozo se tapa el espejo con la mano y se abren los ojos.


-

Editado: Tuve que reemplazar todos los punto y coma por comas, ya que el código del sitio parece no permitirlos.


08/01/2018 08:16:30 am 
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GABULLS


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Muchachos, ahora armo el #4
Buena semana!




pero

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