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Horror y Fantasía (cuentos cortos) .6

Hola a todos, estaba extrañando estos threads... ojalá no sea el único.Para quienes no tengan ni idea de qué se trata esto: compartir cuentos cortos, de autores de todo el mundo, dentro de los géneros [b]horror, ciencia ficción, fantasía, etc...[/b] Por ejemplo:[b]LOS ONDULANTESFredric Brown[/b]em&Definiciones del diccionario abreviado Webster-Hamlin, edicion de 1998:Ondulante: un invasor.Invasor: inorgano de la clase radio.Inorgano: ente incorporeo, invasor.Radio: 1. clase de inorganos. 2. frecuencia eterea entre la luz y la electricidad. 3.(obsoleto) metodo de comunicacion usado hasta 1957/e... ver todo el mensaje
Thread creado por GABULLS el 21/06/2018 12:33:28 pm. Lecturas: 26. Mensajes: 24. Favoritos: 3







25/06/2018 03:46:12 pm 
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ZerOMegA


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Gente, ¿soy el único al que el sitio no le deja poner likes a menos que postee?
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25/06/2018 03:48:21 pm 
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melusineh


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No, no sos el único. Nos sucede a varios, lamentablemente.


26/06/2018 05:55:57 pm 
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ZerOMegA


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Una nota de humor con una de las historias de Papá Schimmelhorn, ese viejo jodón magistralmente creado por Reginald Bretnor:

LOS GNURR SALIERON DEL INSTRUMENTO
Reginald Bretnor

Cuando Papá Schimmelhorn se enteró de la guerra con Bobovia preparó la cesta con el almuerzo, envolvió su arma secreta en papel de embalaje y tomó el primer autobús que lo llevara a Washington. Se presentó en la puerta principal del Servicio de Armas Secretas, con cesta de almuerzo, barba y fagot.
Sí, sí, han entendido bien: ¡Fagot! Había desenvuelto su arma secreta: parecía un fagot. La diferencia no era muy notable.
El cabo Jerry Colliver, que estaba de guardia en la entrada, no se dio cuenta de que hubiera algo distinto. Lo que sabía era que el Servicio de Armas Secretas era una farsa ideada para quitarse de encima a los locos. El asunto era de lo más engorroso y todavía tenía que quedarse varias horas antes de poder ver a Kate.
—¡Buenos días, querido soldadito! —tronó Papá Schimmelhorn, agitando su fagot.
El cabo Colliver les guiñó un ojo a dos miembros de la guardia que tomaban el sol con él en los escalones.
—Vuelva para Navidad, Papá Noel —le dijo—, hemos cerrado por balance.
—¡No! —Papá Schimmelhorn estaba muy enfadado—. No puedo faltag a mi tgabajo. Tengo un agma secgueta. Mejog me dejas pasag.
El cabo se encogió de hombros. Las órdenes había que cumplirlas, locos o no, había que dejarlos entrar.
Se echó ligeramente hacia atrás y apretó el botón que indicaba la presencia de un chiflado, para que los loqueros de dentro estuvieran al tanto.
Luego, haciendo sonar las llaves, fue hacia la puerta.
—¿Un arma secreta, eh? —dijo mientras la abría—. ¿Piensa que ganaremos la guerra en una semana con ella?
—¡Una semana! —Papá Schimmelhorn se rió ruidosamente—. ¡Soldadito!, espega y vegás. Se tegmina en dos días. —¡Soy un genio!
Mientras entraba, el cabo Colliver, recordando los reglamentos, le preguntó con familiaridad si tenía explosivos en sus paquetes, o en su persona.
—¡Jo, jo, jo! No es necesaguio explosivos. Gano igual la guega. Bien, bien, guevísame.
El cabo lo revisó. Revisó la cesta del almuerzo, que contenía un huevo pasado por agua, dos emparedados de jamón y una manzana. Examinó también el fagot, sacudiéndolo y mirando en su interior para asegurarse de que estaba vacio.
—Bueno, abuelo —le dijo cuando terminó—. Adelante. Pero es mejor que deje su flauta aquí.
—No es una flauta —lo corrigió Papá Schimmelhorn—, es un instgumento-gnurr. Lo tengo que llevag pogque es mi agma secgueta.
El cabo, que había estado esperanzado pensando qué novelita ilustrada podría leer durante la próxima hora, se encogió de hombros, filosóficamente.
—Barnet —le pidió a uno de los miembros de la guardia—, lleva a este tipo a la Sección Ocho.
Cuando el soldado se fue con Papá Schimmelhorn, apretó dos veces más el botón de alerta de chiflados, por cábala.
—No comprendo, —le dijo al otro compañero— tenemos que tratar a estos chiflados como si fueran importantes.
Por supuesto, el cabo Colliver no tenía la más remota idea de que Papá Schimmelhorn había dicho la más estricta de las verdades.
No podía imaginarse que Papá Schimmelhorn realmente era un genio, ni que los gnurrs iban a terminar la guerra en dos días, ni que el anciano era capaz de ganarla.
No, aún no.
A la una y diez de la tarde, el coronel Powhattan Fairfax Pollard se hallaba beatíficamente ignorante de la existencia de Papá Schimmelhorn.
El coronel Pollard era alto, flaco y correoso. Usaba botas, espuelas y una de esas camisas que habían estado de moda en Fuerte Huachuca en la década de los veinte. No creía en las armas secretas. No creía ni siquiera en la bomba atómica, los rifles sin retroceso ni la aviación. Creía en la caballería. El Pentágono le había llamado a servicio activo, a pesar de que estaba retirado, para encargarlo del Servicio de Armas Secretas, con la seguridad de que era el hombre ideal para el cargo. Durante los cuatro meses de su labor, solamente un inventor, un hombre con las ideas más sensatas acerca de las cosas más inútiles, había llegado a las esferas superiores.
El coronel Pollard estaba sentado en su escritorio, dictando a su rubia secretaria ciertos datos que extraía de un libro del teniente general Wardrop, denominado «Moderna Forja del Metal». Estaba acumulando material para una obra propia, que se titularía «Espadas y lanzas en la guerra del mañana». Ahora bien, a mitad de una cita que hablaba de las virtudes de las lanzas bengalíes, interrumpió bruscamente su dictado para decir:
—¡Miss Hooper: se me ha ocurrido una idea!
Miss Hooper resopló. Siendo miembro de la rama femenina del ejército, ¿por qué el coronel, si deseaba ser formal, no se dirigía a ella llamándola sargento? Otros altos oficiales habitualmente solían llamarle querida, o amor mío, por lo menos cuando estaban a solas. ¡Miss Hooper! Volvió a resoplar y pregunto:
—¿Sí, señor?
El coronel carraspeó, aparentemente para aclararse las ideas, dijo:
—Considero que, por principio, la manía de dedicarse a las llamadas armas científicas es una grave amenaza para la seguridad de Estados Unidos. Sin reparar en el rostro de la ciencia inmutable de la guerra, nos pasamos fabricando un arma no probada, y otra, y otra luego, otras armas para contrarrestar las primeras después, otra serie para vencer a las segundas, y así siempre. Armados hasta los dientes con teorías y desilusiones, podremos llegar a estar indefensos e impotentes. ¿Me ha escuchado, miss Hooper?, impotentes…
Miss Hooper emitió un ruido algo despreciativo y luego contestó:
—Siiiseññ…
—… contra los ataques de un nuevo Atila —tronó el capitán—, de un nuevo Gengis Khan todavía no nacido, que dispersará a nuestros tintineantes técnicos como si fueran tristes desperdicios, y cimentará su imperio sobre la caballería. Así, como lo oye: caballería. ¡Con caballos y espadas!
—Siiiseññ… —dijo la secretaria.
—Hoy no tenemos caballería —rugió el coronel—. Un millón de mujiks montados podrían…
Pero el mundo debería quedar en la ignorancia sobre lo que un millón de mujiks, montados, podrían o no podrían llegar a hacer. La puerta se abrió de par en par, gracias a un fuerte empujón. Desde la oficina situada fuera se oyó un grito agudo y rápido. Un oficial joven y regordete, que había recibido un poderoso impulso que lo catapultó a través de todo el cuartel, fue a frenar bruscamente, en una parada rápida, delante del escritorio del coronel, y saludó con salvaje precipitación.
—¡Oooh! —exclamó ahogadamente Katie Hooper, abriendo desmesurados ojos.
La expresión del coronel cambió a una impasibilidad pétrea, y el joven oficial pudo llegar a respirar antes, para exclamar después:
—¡Dios mio! ¡Ha sucedido, señor!
El teniente Hanson no era un combatiente era un científico. No había pedido una cita previamente, había entrado sin llamar a la puerta, en la forma menos marcial que imaginarse pueda.
—¡Y… Y…!
—¿QUIERE DECIRME DONDE ESTAN SUS PANTALONES? —retumbó la voz del coronel Pollard.
Porque, obviamente, el teniente Hanson no los llevaba puestos. Tampoco llevaba zapatos, ni calcetines. Y los zarandeados faldones de su camisa ocultaban malamente sus desgarradas ropas interiores.
—¡HABLE USTED, MALDICIÓN!
Como enajenado, el teniente miró sus piernas, y luego otra vez al coronel. Se echó a temblar.
—Se… ¡se los comieron! —espetó—. ¡Esto es lo que estoy tratando de decirle! ¡Sólo Dios sabe cómo lo logra! Tiene unos ochenta años y parece el capataz de una fábrica de relojes de cuco. ¡Pero es el arma perfecta! ¡Le aseguro que funciona! Funciona, funciona, ¡funciona! —comenzó a reír histéricamente—. Los gnurrs saliegon del instgumento —cantó, batiendo palmas—, los gnurrs, los…
Entonces el coronel Pollard se levantó de la silla y trató de calmar al teniente Hanson sacudiéndolo vigorosamente.
—¡Vergonzoso! —gritaba en su oído—. Miss, dese la vuelta —le ordenó a la ruborizada Katie Hooper—. ¡TONTERÍAS! —volvió a tronar cuando el teniente trató de volver a balbucear algo sobre los gnurrs.
—Y entonces, ¿qué es este lío, soldadito? —preguntó Papá Schimmelhorn desde el vano de la puerta.
El coronel Pollard soltó al teniente. Comenzó a adquirir un tono rojo intenso que fue rápidamente tomándose violáceo. Por primera vez en su carrera militar le faltaron las palabras.
El teniente señaló, temblequeante, al coronel Pollard:
—¡Ja! Los gnurrs una tontería —dijo entre risas histéricas—. ¡Él lo dice!
—¡Ja! —Papá Schimmelhorn irradiaba satisfacción—. Te voy a mostgag, soldadito.
El coronel logró barbotar:
—¿Soldadito? ¿SOLDADITO? Se pondrá en posición de firmes cuando le hable. ATENCIÓN.
Por supuesto, Papá Schimmelhorn no prestó la más remota de las atenciones a lo que estaba diciendo el coronel. Llevó a sus labios el arma secreta, y los primeros compases de un coral religioso comenzaron a flotar en el aire.
—Mister Hanson —rugió el coronel—. ¡Arreste a ese hombre! Quítele eso que tiene en la mano. Levantaré los cargos correspondientes. Les aseguro…
En ese momento, los gnurrs salieron del instrumento.
No es fácil describir a un gnurr. ¿Pueden imaginarse un animal del tamaño y color de un ratón, pero del aspecto de un cochinillo que brilla? Con dedos gordos delante y detrás de cada pata, y una cola desnuda y rosa, añadiendo ojos amarillos varias veces más grandes de lo que debieran ser. Agregad ahora tres hileras de afiladísimos dientes. ¿Pueden? ¡Muy bien! Claro que nadie ha visto jamás un gnurr. No vienen de uno en uno. Cuando los gnurrs salen del instrumento, salen por todas partes. Como los lemmings, excepto que en cantidades mucho mayores. Millones y millones y millones de ellos. Y vienen comiendo.
Los gnurrs salieron del instrumento en el momento en que Papá Schimmelhorn había llegado a una parte que habla de la iglesia en la cañada… Antes de que finalizara la estrofa «Ninguna otra escena me es tan querida en los recuerdos de mi infancia», ya habían cubierto la mitad de la habitación. Entonces se abalanzaron sobre el coronel Pollard.
Subido sobre su escritorio, comenzó a tratar de alejarlos, azotándolos con su látigo de montar. Katie Hoper trepó a un fichero, y comenzó a gritar mientras se ajustaba la falda alrededor del cuerpo. El teniente Hanson, seguro en su casi desnudez, se mantuvo firme y emitía sonidos altamente insubordinados.
Papá Schimmelhorn interrumpió su melodía para decir:
—¡No te pgeocupes, soldadito! —comenzó otra vez, tocando algo que no tenía pies ni cabeza, y que nadie podía identificar como formando parte de una melodía.
Instantáneamente los gnurrs se detuvieron. Miraron por encima de sus hombros aprensivamente. Deglutieron los restos del almohadón de la silla del coronel. Emitieron un intenso brillo, comenzaron a lanzar gritos roncos y, volviendo la cola, se desvanecieron desapareciendo por los zócalos de madera.
Papá Schimmelhorn se quedó mirando las botas del coronel, que habían quedado sorprendentemente intactas, y murmuró:
—¡Mmmm, zooo! —Dirigió una admirativa mirada a Katie Hooper, que se apresuró a bajarse la falda. Se palmeó sonoramente el pecho y anunció al mundo entero—: ¡Son magaviliosos, mis gnugs!
—¿Dddd… —El coronel presentaba los síntomas propios de un profundo trauma psíquico—. ¿DDoondde fueron?
—Volviegon donde viniegon —contestó Papá Schimmelhorn.
—¿Y de dónde vinieron?
—Desde ayeg.
—Eso es absurdo —el coronel se tambaleó y cayó sobre una silla—. ¡No estaban aquí ayer!
Papá Schimmelhorn le miró con un dejo de piedad.
—¡Pog supuesto no! No estaban aquí ayeg porque ayeg ega hoy. Están aquí ayeg cuando ayeg es ya ayeg. Es difeguente.
El coronel Pollard se secó un sudor viscoso de la frente, echando una mirada interrogativa al teniente Ranson.
—Tal vez pueda explicar algo, señor —dijo el teniente, cuyo sistema nervioso parecía haberse beneficiado por la segunda visita de los gnurrs—. ¿Puedo darle mi informe?
—Sí, sí, por supuesto —el coronel Pollard pareció aliviado por la posibilidad de una pausa—. Siéntese.
El teniente Ranson acercó una silla, y mientras Papá Schimmelhorn se acercaba a hablar con Katie, comenzó a exponerle al capitán, en voz muy baja.
—Es absolutamente increíble, los tests que se hacen de rutina indican que es un débil mental leve. Dejó la escuela cuando tenía once años hizo su aprendizaje y luego trabajó como relojero hasta los cincuenta años. Luego fue conserje del Instituto de Física Superior de Ginebra hasta hace unos pocos años. De allí vino a Norteamérica y comenzó a trabajar donde lo hace actualmente. Pero es el asunto de Ginebra lo que es importante. Deben de estar trabajando sobre los estudios de Einstein y de Mikovski. Este hombre debe de haber oído mucho de lo que se decía.
—Pero si es un débil mental —el coronel había oído hablar de Einstein, y sabía que era muy profundo—. ¿De qué podía servirle?
—¡Ése es el caso, señor! Es un débil mental a nivel consciente, pero subconscientemente es un genio. De alguna forma, parte de su mente absorbió esa información, la integró y dio como resultado el instrumento. Dentro hay un extraño cristal en forma de L. Cuando se toca, el cristal vibra. No sabemos cómo funciona, pero funciona.
—Se refiere a… ¿la cuarta dimensión?
—Precisamente. Creemos que hemos dejado atrás el día de ayer. Los gnurrs, no. Está allí ahora. Cuando un día se torna para nosotros en ayer, es el hoy para ellos.
—Pero… pero ¿cómo se libra de ellos?
—Dice que toca la misma melodía al revés, y que invierte el efecto. ¡Cuestión de suerte, diría yo!
Papá Schimmelhorn, que estaba haciendo que Katie le tocara los bíceps, se dio la vuelta.
—¡Espeguen y vegán! —le dijo—. Con mi gnurr-pfeife voy a tgansmitig paga el enemigo. ¡Ganamos la guega!
El coronel se asustó.
—La cosa no está probada todavía. Se requieren mayores estudios: investigaciones de campo, pruebas de ácido…
—No tenemos tiempo, señor. Perderemos el factor sorpresa.
—Haremos un informe adecuado, respetando las jerarquías —declaró el coronel—. Después de todo es una máquina, ¿no es así? No se puede confiar en ellas. Y sería contrario a los principios de la guerra.
Y finalmente el teniente Hanson tuvo la inspiración genial.
—¡Pero señor —replicó, no estaríamos luchando con la gnurr-pfeife! Nuestra verdadera arma serán los gnurrs. Y éstos no son máquinas. Son animales. Los más grandes generales utilizaron animales para la guerra. No están interesados en los seres vivos, sino que devorarán lo demás: algodón, lana, cuero, hasta plásticos. Si yo fuera usted, iría a la Secretaría a exponerles esto cuanto antes.
Durante un instante, el coronel vaciló. Pero solamente durante un instante. Finalmente dijo:
—Hanson, tiene un buen argumento, un muy buen argumento.
Se dirigió hacia el teléfono.
Llevó menos de veinticuatro horas organizar la «Operación gnurr».
La Secretaría de Defensa, después de conferenciar con el Presidente y los Directores de Equipos, se apresuró a realizar personalmente las pruebas preliminares del arma secreta de Papá Schimmelhorn. Por la tarde se sabía que los gnurrs podían:
a. Devorar completamente todo lo situado a unos doscientos metros de la gnurr-pfeife en menos de veinte segundos.
b. Dejar completamente desnudos a una compañía de infantería, apoyada por armas químicas, hasta que estuvieran en cueros, en un minuto y dieciocho segundos.
c. Ingerir los contenidos de cinco depósitos militares en poco más de dos minutos.
d. Salir del instrumento cuando se hacía sonar la gnurr-pfeife, en un sistema de onda corta minuciosamente protegido.
También se vio que había solamente tres formas efectivas de matar a un gnurr: disparándole varios tiros, rociándolos con fuego líquido o dejando caer una bomba atómica. Y había demasiados gnurrs para que ninguno de esos métodos valiera un comino.
Hacia la mañana siguiente, el coronel Powhattan Fairfax Pollard había sido ascendido a teniente general, a cargo de la operación, puesto que era el oficial de mayor graduación que hubiera visto a un gnurr, y porque se sabía que los animales constituían su debilidad. El teniente Hanson, su ayudante, se vio rápidamente convertido en mayor. El cabo Colliver se transformó en sargento mayor, probablemente por haber estado allí cuando el maná cayó del cielo. Y Katie Hooper tuvo una breve pero extenuadora cita con Papá Schimmelhorn.
Nadie estaba satisfecho. Katie se quejaba de que Papá Schimmelhorn y los gnurrs tenían la misma idea in mente, sólo que la técnica era diferente. Jerry Colliver, que había estado viéndose regularmente con Katie, protestaba diciendo que los músculos del vejete habían hecho descender sus probabilidades hasta nivel cero. El mayor Hanson había torturado sus horas con la posibilidad de que alguien, aparte del enemigo, sintonizara la Hora de Papá Schimmelhorn.
Hasta el general Pollard estaba preocupadísimo…
—Pasaría cualquier cosa por alto, Hanson, excepto que me llame soldadito. ¡No lo puedo aguantar! Le hablé al respecto y me contestó: «Está bien, soldadito, puedes llamarme Papá».
El mayor Hanson trató de que su expresión se mantuviera dentro de los límites de la disciplina y le dijo:
—Y bien, señor, ¿por qué no llamarlo Papá? Después de todo, son los toques humanos como éste los que hacen la historia.
—¡Ah, sí! ¡La historia! —El general se detuvo a reflexionar.— Hmmm…, tal vez sea así, tal vez sea así. Después de todo, a Napoleón siempre se le llamó el pequeño cabo.
—Lo que realmente me preocupa, general, es qué vamos a hacer para que nuestra gente no escuche la transmisión. Pienso que tal vez se haya tenido eso en cuenta, o no se hubiera apresurado tanto la hora del ataque. Está programado para las cinco, y faltan solamente cuatro horas.
—Ahora que lo dice —le contestó el general Pollard, saliendo de su sueño— se me entregó un memorándum… Miss Hooper, ¿quiere hacerme el favor de entregarme el memo del G.l.? Gracias. Aquí está. Parece que han decidido interceptar la transmisión.
—Sí, sí. Ya hice que dieran las órdenes pertinentes. Verá usted, los servicios de inteligencia nos advirtieron que el enemigo tiene medios de levantar la intercepción de cualquier cosa que transmitamos en tales circunstancias. Cuando míster Schimmelhorn salga al aire, interceptaremos la transmisión, pero nos cuidaremos bien de pasarles el código a cualquiera de los nuestros. Se piensa que escucharán de cinco a quince estaciones enemigas. La Fase Uno la constituirá la transmisión de la melodía. Cuando haya finalizado, los micrófonos se desconectarán y transmitirán nuevamente la melodía al revés, para eliminar del lugar a los gnurrs que hayan aparecido localmente. Ésa será la Fase Dos.
—Parece un plan sólido —aquí el mayor Ranson frunció el ceño.— Y bueno si todo marcha como es debido. Pero ¿y si no? ¿No sería mejor que tuviéramos un as en la manga, por si acaso?
Volvió a fruncir el ceño. Luego, visto que el general no parecía tener idea alguna al respecto, se dedicó a sus tareas habituales. Realizó una inspección especial del cuarto a prueba de ruidos desde el cual Papá Schimmelhorn haría la transmisión.
También revisó las ventanas de observación, en las cuales se situarían el Presidente, el secretario y el general Pollard, así como los jefes de reparto, los miembros del servicio de inteligencia y los que formaban parte del equipo de la Operación gnurr. A las cinco menos diez, cuando todo estaba concluido, todavía se preocupaba.
—Venga aquí —le dijo susurrando a Papá Schimmelhorn, mientras le acompañaba a la puerta—. ¿Qué haremos si sus gnurrs realmente se salen de control? No podría volver a llevarlos al instrumento en los días que restan hasta el Juicio Final.
—¡No te pgueocupes, soldadito! —Papá Schimmelhorn le dio una fuerte palmada en la espalda, que tenía la intención de tranquilizarlo—. ¡Todavía tengo un tguco que no enseñé!
Y con esta vaga promesa cerró la puerta.
—¿Listos? —preguntó el general Pollard, con la tensión reflejada en su voz, a las cinco menos un minuto.
—¡Listos! —le hizo eco la voz del sargento Colliver.
Frente a Papá Schimmelhorn se encendió una luz roja. La tensión fue en aumento. Los segundos fueron pasando. La mano del general se dirigió hacia una inexistente espada en su vaina.
A las cinco exactamente…
—¡A LA CARGA! —gritó el general.
Y Papá Schimmelhorn comenzó a tocar su melodía.
Los gnurrs, por supuesto, salieron del instrumento.
Los gnurrs salieron del instrumento, con una mirada hambrienta en sus ojos amarillos. Se extendieron como una alfombra sobre el suelo. Comenzaron a apilarse unos sobre otros. Chocaron contra las macizas piernas de Papá Schimmelhorn, con sus hileras incontables de dientecillos aguzados al descubierto. Sus pantalones desaparecieron entre la marea de animalitos, igual que su sobretodo, su corbata, los bordes de su barba. Y Papá Schimmelhorn, sin inmutarse, levantó su fagot más allá del alcance de los gnurrs, mientras seguía con la parte que dice: «Vengan, vengan a la iglesia del bosque…».
Por supuesto, el mayor Hanson no podía escuchar la gnurr-pfeife, pero había cantado la canción en la escuela dominical, y las palabras parecían resonar en su cerebro. Verso tras verso y coro tras coro. Parecía que Papá Schimmelhorn iba a quedar envuelto y tragado por la marea de gnurrs…
Y luego oyó la voz del general Pollard, que decía en tono inquieto:
—¿L… listos para Fase Dos?
—¡Listos! —fue la respuesta del sargento Colliver.
Una luz verde centelleó frente a Papá Schimmelhorn.
Por un momento, nada pareció cambiar. Luego se vio que los gnurrs meditaban. Aprensivamente, miraban por encima de sus hombros peludos. Temblaron. Comenzaron a retroceder.
Lenta, lentamente volvieron donde habían partido, dejando a Papá Schimmelhorn solo y triunfante, desnudo como un recién nacido.
Se abrió la puerta y salió del cuarto. Se le felicitó, vistió y (para gran enojo del sargento Colliver) rechazó una invitación a cenar en la Casa Blanca, porque tenía una cita previa con Katie. La fase activa de la operación gnurr había concluido.
Sin embargo, en la distante Bobovia reinaba el caos. Después se supo que once emisoras enemigas habían podido levantar la intercepción de la emisión, y que por tanto las mareas de gnurrs habían inundado las once mayores ciudades del enemigo. A las siete y quince Bobovia había desaparecido de las emisiones, excepto por unas pocas estaciones, que a esa altura de los acontecimientos transmitían mensajes gravemente teñidos por la histeria. A las ocho habían cesado las actividades militares de Bobovia en todos los frentes. A las diez y veinte, la prensa, asombrada, se informó de que la rendición de Bobovia era cosa de minutos…
El Presidente había recibido un mensaje del general en jefe de Bobovia, pidiéndole permiso para volar a Washington con su jefe de Estado, los miembros del gabinete y varios parientes.
«Y, por favor, si Su Excelencia tuviera la bondad de esperarlos en el aeropuerto con diecinueve pares de pantalones, nuevos o usados…».
No era cuestión de festejos parciales. Tan pronto como los periódicos salieron a la calle. —¡BOBOVIA SE RINDE! ¡LOS RATONES ATÓMICOS DEVORAN AL ENEMIGO! ¡LA ESTRATEGIA DEL GENIO SUIZO GANA LA GUERRA!
La gente se volvió loca. Desde Maine hasta Florida, desde California hasta el Cabo Cod se encendieron las luces, sonaron las bocinas y las sirenas y millones de gargantas enronquecieron entonando una y otra vez la tonada salvadora.
Al día siguiente, después que las cámaras de televisión transmitieran la firma del tratado de rendición, el general Pollard y Papá Schimmelhorn fueron honrados en una impresionante ceremonia pública.
Papá Schimmelhorn recibió un voto de agradecimiento de ambas cámaras del Congreso. También se le concedieron títulos académicos por parte de las universidades de Harvard, Princeton, y de un buen número de colegios de Texas. Habló brevemente refiriéndose a los relojes de cuco, a los gnurrs y a Katie Hooper, y sus declaraciones fueron recibidas por una salva de aplausos.
El general Pollard, después de ser condecorado por varios paises extranjeros y de haber recibido los honores de su propio ejército, se refirió al uso de los animales en las guerras del futuro. Señaló que el caballo, entre todos ellos, era el mejor capacitado para los propósitos habituales de la defensa y ataque y recordó las campañas en las cuales había sido probado y utilizado. Se hallaba listo para comenzar a dar explicaciones sobre los sables y las lanzas cuando la abrupta llegada del mayor Hanson le interrumpió.
Hanson llegó con las sirenas anunciando su paso. Dejó la escolta de policías militares para correr por la plataforma, acercarse al Presidente y decirle, pálido y jadeante:
—Los gnurrs —aquí se atragantó— están en Los Ángeles —si bien trató de que su voz no fuera más que un susurro, fue lo suficientemente audible como para llegar a oídos del general.
Instantáneamente, el general se apresuró a aprovechar la ocasión.
—¡Su atención, por favor! —gritó en el micrófono—. ¡Esta ceremonia ha concluido! Pueden considerar que se les ha dado… ¡PERMISO PARA RETIRARSE!
Antes de que el auditorio hubiera tenido tiempo de reaccionar, el general se había unido al grupo de hombres que rodeaba al Presidente, y al cual Hanson estaba informando de la situación.
—¡Fue por una unidad de investigación! Estaban estudiando un mecanisimo para contrarrestar interferencias, que pensaban que era mejor que el del enemigo. ¡Grabaron la audición de Papá Schimmelhorn, y la pasaron! ¡Los Ángeles está siendo invadida!
Hubo varios segundos de desesperado silencio. Luego se oyó la voz del Presidente:
—Señores —dijo—, estamos en la misma situación que Bobovia.
Pero Papá Schimmelhorn, para sorpresa de todos, se rió atronadoramente:
—¡Jo, jo, jo, jo! ¡No se pgeocupen soldaditos! Tengan confianza en Papá Schimmelhorn. Pog todas pagtes, en Bobovia, hay gnugs. Nosotgos los tenemos solamente en Los Angeles, donde no impogta. ¡Además, tengo una tguco que no conocen! —guiñó alegremente un ojo—. Hay una cosa a la que gnugs tienen miedo…
—En nombre de Dios, ¿cuál es esa cosa? —exclamó el secretario.
—Capallos —dijo Papá Schimmelhorn—, es pog olog.
—¿Caballos? ¿Dijo caballos? —El general no cabía en sí de alegría. Sus ojos echaban llamas.
—¡CABALLERÍA! —tronó—. ¡Hay que preparar la CABALLERÍA!
No se perdió tiempo. A la misma hora, el teniente general Powhattan Fairfax Pollard, el único oficial de rango superior que sabía algo sobre los gnurrs, fue ascendido al rango de comandante en jefe del Ejército, y se le confirieron atribuciones especialisimas.
El mayor Hanson ascendió a brigadier, un cambio de situación que le dejó ligeramente asombrado. Y el sargento Colliver (reflexionando tristemente que ahora ganaba más de lo suficiente como para casarse) recibió sus adecuadas menciones.
El general Pollard comenzó a actuar en forma inmediata y decisiva. Se interceptó la totalidad del presupuesto previamente destinado a la Fuerza Aérea. Todo lo que tuviera, aunque fuera una remota semejanza con un caballo, una silla de montar, unas riendas o un montón de heno, fue enviado inmediatamente hacia el oeste, después de ser requisado, juntamente con los camiones o vagones ferroviarios que fueron necesarios para el transporte.
Los oficiales de caballería retirados, así como los civiles que supieran algo del asunto, recibieron órdenes perentorias de presentarse en determinados puntos de Oregón, Nevada y Arizona, hacia donde fueron transportados por alicaídos pilotos. Todo aquel que hubiera visto, aunque fuera superficialmente, lo que era un caballo, fue reclutado. México mandó varios regimientos como colaboración.
La prensa tuvo un día de verdadero ajetreo. ¡ESTRELLAS DE HOLLYWOOD DESNUDAS SE ENFRENTAN CON LOS GNURRS! Tales eran los titulares que ilustraban numerosas fotografías. Life dedicó un número especial a hablar del general en jefe Pollard, Jeb Stuar Marshal Ney, Belisarius, la carga de la Brigada Ligera en Balaklava, Escuela del Soldado Montado sin Armas. El Journal-American publicó una noticia según la cual, basándose en fuentes fidedignas, el fantasma del general Custer había sido visto entrando al Club de Oficiales en Fort Riley, Kansas.
Al sexto día, el general Pollard había alistado, en el campo a defender, la fuerza de caballería más poderosa de toda la historia. Hay que decir, es cierto, que su disciplina y aspecto dejaban bastante que desear. No había, para decirlo con palabras suaves, paridad en su presencia de caballeros. A pesar de todo, su moral estaba por los cielos y…
—Nunca más —declaró el general a los corresponsales que lo entrevistaron en sus cuarteles generales en Phoenix— deberemos permitir que los políticos y los teóricos de largos cabellos persuadan a la opinión pública para abandonar los principios de la guerra que durante largo tiempo mantuvieron su sin igual vigencia. Jamás deberá volver a confiar el destino de nuestro país a los… cachivaches.
Sacando su sable de la vaina, el general indicó sus movimientos en el mapa.
—Nuestra estrategia es simple —anunció—. Las fuerzas de los gnurrs han pasado ya el desierto Mohave hacia el sur y actualmente invaden Arizona. En Nevada se han concentrado contra Reno y Virginia. Su ofensiva principal, sin embargo, parece estar dirigida hacia la frontera con Oregón. Tal como saben, tengo a mi mando más de dos millones de hombres a caballo.
Algo así como trescientas divisiones, que harán que los gnurrs tengan que retirarse en tres grupos principales: en el sur, en el centro y en el norte. Luego, una vez que el terreno amenazado se haya estrechado, Papá… digo, míster Schimmelhorn tocará su instrumento sobre sistemas de comunicación móviles.
Con estas palabras el general indicó que la entrevista había llegado a su final, y montando un maravilloso caballo que le había sido regalado por la población civil de Louisville, se dirigió al terreno de las operaciones.
No hay que enfatizar que su conducción de las acciones contra los gnurrs fueron índice del más alto grado de iniciativa y energía, así como de los inmutables principios de la estrategia y la táctica militar. Si bien a posteriori ciertos envidiosos elementos del Pentágono se refirieron a la operación llamándola el rodeo de Polly, el hecho fue que pudo lograr una victoria total en cinco semanas, meses antes de que Bobovia pudiera esbozar su plan quinquenal para la provisión de pantalones a la población. Inexorablemente, los gnurrs, atemorizados, fueron forzados a retroceder. Sus chillidos inquietos pudieron oírse a varias millas de distancia. De noche, su brillo iluminaba el cielo. Hacia el sur, donde habían sido limitados por los desiertos, sólo tres conciertos del fagot fueron más que suficientes para arrastrarlos a su lugar de origen.
En el centro, donde la acción se tomó más compleja, fueron necesarios diecisiete. En el norte, doce lograron el propósito. En cada caso el sonido fue adecuadamente extendido gracias a grandes unidades de altavoces montadas en vagones o en camiones. Se registraron innumerables casos de acciones heroicas, y Jerry Colliver, después de haber dejado en el campo de batalla cuatro pantalones de montar, fue personalmente felicitado en el lugar de la heroica acción por el general Pollard.
Naturalmente, unos pocos gnurrs lograron escapar, pero los felinos del Estado, que habían estado maullando de impaciencia y frustración, pronto dieron cuenta de ellos. En lo que respecta a los numerosísimos casos de alegre indisciplina que se sucedieron al paso de las tropas por las literalmente desnudas poblaciones, pronto fueron perdonadas y olvidadas por la alegría que embargaba a la totalidad de la población.
Secretamente, a fin de evitar el entusiasmo excesivamente caldeado de las masas de admiradores, el general Pollard y Papá Schimmelhorn volaron a Washington, y fueron necesarios tres regimientos completos, con sus sables desenvainados, para abrirles paso. Finalmente, sin embargo, llegaron al Pentágono. Se dirigieron a la oficina principal cogidos del brazo, e hicieron una pausa delante de la puerta.
—Papá —dijo el general Pollard, señalando la gnurr-pfeife con admiración—. ¡Hemos escrito una gloriosa página en la historia, y si Dios quiere, escribiremos aún más!
—¡Ja! —dijo Papá Schimmelhorn, con una enorme sonrisa y un guiño. ¡Pero esta noche vamos a haceg locugas! ¡Tengo una cita con Katie y tgae una compañega paga ti!
El general Pollard vaciló.
—¿No piensa que puede ser… perjudicial para la disciplina?
—¡No te pgeocupes, soldadito! ¡No lo vamos a contag a nadie! —dijo sonriendo Papá Schimmelhorn. Y abrió la puerta de golpe.
Allí estaba el despacho del general. A su lado estaba el brigadier general Hanson, con una expresión preocupada. Apoyado en una pared se veía al teniente Jerry Colliver, que, luciendo una execrable expresión de triunfo, pasaba posesivamente un brazo por la cintura de Katie Hooper. Y en la silla del general estaba sentada una anciana, muy tiesa, vestida con un vestido negro muy serio, y que golpeaba inquieta una sombrilla oscura sobre el suelo.
—¡So! —dijo en un tono que revelaba su furia—. ¿Pensabas que te ibas a escapag? ¿Paga estgopeag el lindo fagot del pgimo Anton, paga jugag con gatones y decig pigopos a muchachas soldados?
Se volvió hacia Katie Hooper e intercambió con ella una mirada, típicamente femenina, de esposa experimentada, que revelaba la sensación de triunfo y comprensión.
—¡Mucha suegte que llama a mi pog telefono, así entega yo! Tú buena chica. Puedes veg debajo del disfgaz del cogdego.
Se puso de pie. Antes de que nadie pudiera decir nada, cruzó el cuarto, y tomó la gurrión-pfeífe de manos de Papá Schimmelhorn.
Sin que nadie llegara a hacer un movimiento, metió la mano y cogió el cristal en forma de L, estrellándolo contra el suelo.
—¡Ahoga! —dijo triunfante—. No más gnugs, ni gente sin pantalones, ni monerías.
Mientras el general Pollard observaba sin poderse mover, debido a la gran impresión, y Jerry Colliver sonreía encantado, tomó al pobre Papá Schimmelhorn por el brazo, haciéndole girar para poder asirlo de una oreja.
—¡Ahoga vamos a casa! —ordenó, guiándolo hacia la puerta—. ¡Donde no hay chicas soldado, y donde falta una mano de pintuga!
Con aspecto sumamente resignado, Papá Schimmelhorn se dejó llevar sin oponer la más mínima resistencia.
—¡Adiós! —dijo a todos, en tono melancólico—. ¡Tengo que ig a casa con Mama!
Pero al pasar delante del general Pollard guiñó, como le era habitual, un ojo, mientras le susurraba:
—¡No te pgeocupes, soldadito! Yo me escapo otga vez. ¡Soy un genio!


28/06/2018 06:24:03 pm 
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ZerOMegA


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Qué tristeza, me acabo enterar que murió Harlan Ellison a los 84 años, uno de los grandes de la ciencia ficción. Si puedo, voy a escanear y pasar por OCR ´´El gemido de los perros apaleados´´, un gran cuento, mezcla de terror urbano y terror cósmico, perfecto para esta sección.






bailey

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